Sin anestesia

Por Magaly Espinosa

Es poco frecuente que una obra sea contextual y a la vez universal, que al interpretar sus contenidos se encuentre presente problemáticamente locales que con un habito humano acerquen o alejen a hombres de muy diferentes latitudes, insertada en un tiempo en el que se ha roto las barreras culturales o territoriales, cuando a su vez , los desacuerdos entre al global y lo local dominan las principales preocupaciones del discurso cultural.

Hace apenas unos meses el artista Elvis Céllez expuso en pleno centro habanero un conjunto de sus obras. En esta ocasión, en un espacio no tan céntrico, nos vuelve a convocar con nuevas piezas a través de las cuales se prolonga su estilo expresionista, copado de fuerzas de riesgo temáticos y destreza formal.

Las obras que se nos presentan en esta ocasión, continúan sin interrupciones los temas y las formas composicionales de los mostrados anteriormente, sin que decaiga su energía, la inteligente conjugación de imagen y texto, lo atrevido de los temas y la diestra pictórica. En el mullido contexto de arte cubano, estos factores le permiten ocupar un lugar dentro de la oleada de jóvenes artistas que priorizan la pintura.

Elvis se acerca a la tradición pictórica abordando con total desprejuicio desde sus interioridades, el tema espinoso del genero. Enfocarlo con esta perspectiva le facilita ir mas allá de la simple presencia del desnudo, que en la mayoría de las piezas es de carácter referencial.

Con sus juegos de imágenes, posturas, frases que brotan de circunstancias, hace un pase de cuentas de las presiones e incorporaciones sociales que conllevan las elecciones vinculadas a lo sexual, poniendo frente al espectador una verdad cruda: lo vulnerable que son los intersticios genéricos. Es muy aguda su forma de abordar este tema como parte de la diaria subsistencia, deslizarse por los ocultamientos que se cuecen entre la apariencia, los roles compartidos y el submundo, que en nuestro continente camina por las calles como un componente normal de la vida diaria.

Quizás uno de los aspectos que más sintonizan con la pintura que se realiza en el presente, sea que se cumple a su vez, todas las exigencias de este tipo de arte, sin que le incumban los interrogantes sobre su presunta muerte, su vaciamiento temático, ni las obligaciones que debe asumir al tener que compartir su espacio con otros tipos de arte. Es pintura –pintura que sus lienzos contienen-. Pero a su vez, su obra es muy contemporánea, parece salida de un comic, un graffiti, de una pila de genero negro, o de las imagines que se usa el cineasta Almodóvar de fondo para sus filmes.

Este artista experimenta en lo formal transmitiendo por medio del color parte del contenido de las obras, no solo podemos dialogar con las figuras, también, con los tonos, los fondos, los matices que se degradan alrededor de estas. Todos estos recursos nos hacen sentir la agresividad y la angustia de las situaciones que presentan las piezas.

Estas situaciones pueden tener lugar en cualquier espacio, aunque es el referente simbólico de la cuidad el que mas parece contextualizarlas, pero también es posible que no sea ese el espacio físico en que realmente sucedan los acontecimientos que narran las obras, aunque se recurrencia en ella es lo que se hace que se puedan plantear las cosas de esta forma, porque cargan culpas que no solo ellas merecen.

En esto radica su universidalidad: lograr que los temas estén metidos en el tejido de la vida presente. No obstante, paradójicamente hay un espíritu indefinido que emana del lugar donde habita el artista, Las Minas de Matahambre, en el que esas tragedias cotidianas de la intolerancia son mas duras y persistentes, como señala Rufo es su texto “es un emporio que vive del recuerdo”.

El referente cultural de hábitat, no solo le aporta imágenes, también debe haberle dado experiencias muy fuertes de desarraigo y soledad, haciéndose participe de la brutalidad que emana de los entre las figuras, del encuentro entre los cuerpos agredidos, inseguros, como expuestos a la mirada de un voyeur, identificados con los criterios que juzgan al “diferente” y lo hacen siempre acusado, aunque el acusador se oculte se oculte, se salope ,en esa masa amorfa de lo social.

Cada obra nos habla de un suceso que no se despliega temporalmente, sino que se detiene como si fuera el instante más descarnado, o el fin. La narración tiene una presencia sorda en la obra y los textos que se integran a las pinturas, mal escrito, poco legible, semejan sentencia, advertencias, simples frases que sintetizan todo un suceder.

En la exposición que nos ocupa se puede apreciar una de sus mejores creaciones: “Todos vamos a morir” junto a nuevas que le sitúan a igual nivel o se le acercan. “Todo lo que ha vivido una vez ya no muere “esta es especialmente significativa. En ella repiten los elementos estilísticos propios del artista de una forma particular, ya que relaciona el estilo realista junto al expresionista. En la composición del cuadro prima la representación realista, desplazando a un segundo plano una pátina expresionista que inunda toda la obra, ambas se interconectan por medio de la ambigüedad que presenta el título, pues es conocido que La Minas de Matahambre, ya no son lo que fueron y esto ha provocado muchas desventuras en sus habitantes, y sin embargo, el rostro de los mineros es complaciente, posan para el recuerdo.

No hay paliativos para las problemáticas que este creador aborda. El espectador tiene que asumirlas tal cual son: sin anestesia.